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QUÉ OBVIO, LO ABSURDO

Actualizado: 12 dic 2020

Por: Maya Taylor García // Ig: @mayataylorgr



El miedo es quizás uno de los factores más estudiados e importantes de la vida social y política. Su uso como herramienta de control, o de manipulación, si preferimos llamarlo así, se remonta a tiempos que la historia ha tenido que reconstruir con los pedazos difusos de aquellas civilizaciones que la arqueología nos ha dado a conocer. La esperanza y el miedo parecen dos caras de la misma moneda cuando se habla de política. No hay armas más poderosas y no hay mecanismos capaces de mover a las masas con tanta fuerza como la introducción de una ilusión compartida o de un enemigo común. Pero quizás el miedo, el temor, la amenaza, sean aún más poderosas que cualquier ilusión. O eso parece poder discernirse de las estrategias políticas predominantes. Quizás sea simplemente algo intrínseco a la naturaleza humana, su uso, y no solo su sentimiento. O quizás en algún lugar y en algún momento cierto grupo de personas descubrió cuan poderoso podía ser el miedo.


El miedo puede responder a un peligro tangible, que podemos ver fácilmente y analizar con nuestro propio criterio. También puede ser un temor infundado o una amenaza magnificada. Sea como sea, y aunque no responda a ninguna causa concreta o el peligro sea difuso, nos volvemos locos o nos quedamos paralizados, y cedemos las riendas a aquellos que prometen librarnos del mal y salvarnos de la oscuridad. Nosotros no conocemos la amenaza, solo sabemos que existe, o lo creemos porque nos lo han dicho, y es mejor que quién sí la conoce, quien nos ha hablado de ella, libre la batalla.


Experiencia elemental


En las sociedades primitivas ya existían élites, de guerreros claro, con el poder de la fuerza, con capacidad de imponer el miedo a la represalia. También los reyes y reinas del medievo contaban con un ejército de vasallos y señores. Además, el estilo de vida de la época no permitía saber más que lo que ellos decidían pregonar, así, si afirmaban que un ejército exterior iba a invadir sus tierras durante una gran hambruna y después se declaraban victoriosos, se ahorraban cualquier oposición. Los portavoces de las diferentes religiones cuentan con el infierno, Yahannam, Gehena o Helheim… dependiendo de cuál hablemos. También con la amenaza y el poder de nombrarte hereje, o de usar su credibilidad para señalar a aquellas que consideraban brujas y movilizar a la población cargada de antorchas y horcas.


Por su parte, la sociedad tiene el poder de repudiar a aquellos que no cumplan sus normas, sus valores y su moral. También el de castigar a aquellos que resulten demasiado diferentes, muy innovadores, o a quién moleste con cuestiones de las que nadie quiere hablar y sobre las que pocos quieren preguntarse. Elisabeth Noelle-Neumann afirmaba en su teoría de la espiral del silencio que la mayoría de las opiniones políticas expresadas por los individuos de una sociedad responden a dos factores: el amor a la fama y el miedo al rechazo. El rechazo social ha sido durante gran parte de la historia uno de los peores castigos, de hecho, la socióloga alemana toma como supuesto básico el miedo al aislamiento y plantea que la mayoría de las personas sondearán la opinión mayoritaria antes de expresar la suya, o que dependerá de esta, de la mayoritaria, las opiniones que expresen.



Evolución de la herencia


La Opinión Pública en la actualidad es mucho más difusa y heterogénea de lo que fue en otros tiempos, si para Noelle Neuman ésta era la piel de la cohesión social, hoy contamos con un gran abanico de opciones que no logran ponerse de acuerdo en prácticamente nada. Por ello dependerá de la opinión pública de la que te rodees y si acaso de la tuya propia, si temes la llegada de los comunistas o la de los fascistas. Es la sociedad, nuestros grupos primarios y secundarios, la que nos enseña qué debemos temer. También tiene algo que ver el instinto supongo, pero llegado a este punto de la “evolución” humana quizás éste sea ya absolutamente inútil o completamente inexistente. El ser humano, nos guste o no, es un ser social y como tal, las asociaciones que hagamos serán más culturales que naturales. También nuestra manera de responder ante las amenazas.


Las formas de dispersión del miedo han ido evolucionando también a lo largo de la historia, los mitos se extendían como el humo entre las sociedades de siglos pasados, nublando cualquier resquicio de racionalidad e inundando de pánico a cualquiera que los respirara. La cultura popular ha ido legitimando generación tras generación todo aquello que nos dicen deber asumir como peligroso. Con la llegada de la radio y la televisión la trasmisión del miedo se hizo mucho más fácil, quieran o no, los medios de comunicación se han convertido en los grandes catalizadores de estos mecanismos de control y manipulación.


La misma piedra

Puede que hubiera un tiempo en el que se abandonase la estrategia del miedo y el odio, pero tras el 11-S y lo que vino después, una crisis económica, una crisis de refugiados y la actual crisis del Coronavirus estos discursos han ido aumentando cada vez más hasta convertirse en mano de santo para ganar unas elecciones. Ya se sabe, en las crisis no todos salen perdiendo, y hay algunos que saben aprovecharlas muy bien. También magnificarlas y predecir el derrumbe de la economía en manos de sus oponentes, o augurar una invasión enemiga si las fronteras no se cierran. Ya lo avisaba Naomi Klein, periodista y escritora canadiense, en su Teoría del Shock: las crisis abren la puerta a las políticas de reajuste y a los recortes. Con el miedo en el cuerpo y la catástrofe en la mente cualquier solución nos vale por descabellada que suene. Y es precisamente de esto, de la desesperación y la vulnerabilidad, de lo que se alimentan quienes escogen el camino fácil que requiere de muchas ruedas de prensa y una cantidad ingente de datos de dudosa procedencia.


Quizás, la obsolescencia de estos mecanismos de control y manipulación llegase, si es que llegó, tras comprobarse que a pesar de eficaces acarreaban unos efectos secundarios difíciles de curar, como la polarización de la población que hacía casi imposible la convivencia, los eternos resquemores llenos de sed de venganza o la destrucción masiva con el único fin de ganar una guerra en la que derrotados o vencedores, saldremos perdiendo. Pero una población aterrorizada es una población manipulable, maleable, y a eso no hay quién se resista.


La seguridad del hogar


También es el miedo en parte el que nos lleva a vivir en comunidad, a aceptar ciertas reglas que de otra forma nos resultarían inaceptables, pero es el precio que pagamos por sentirnos seguros, protegidos sabiendo que, si algo nos ocurriera, a nosotros o a nuestros bienes, habría una fuerza superior que demandaría justicia y la haría cumplir. Esto es precisamente a lo que Hobbes hace referencia en la primera parte del Leviatán, para el filósofo inglés el miedo nos lleva a pasar del estado de naturaleza al estado civil, renunciando a la ley de la selva en pro de una vida segura. Tras el doble descenso al infierno, en palabras de Ian Kershaw, que vivió Europa en el siglo pasado; y todos los riesgos políticos, económicos, sociales y ecológicos que se abalanzan sobre nosotros en la actualidad; estos espacios seguros se han convertido en una cuestión aun más importante si cabe. Las sociedades contemporáneas se construyen en torno a estados del bienestar, declaraciones de derechos humanos y constituciones. Pero parece ahora, como ocurrió ya en el siglo pasado, que el miedo a perder unos cuantos privilegios, sea cuestión suficiente para negar al otro lo que yo ya tengo.


Culturizar el miedo


El miedo, como toda emoción básica va a estar siempre en nuestra vida, es un mecanismo de alerta que nos lleva a evitar todo aquello que nos pone en riesgo asegurando así nuestra supervivencia. La cultura del miedo es otra cosa completamente diferente, el arma favorita de los regímenes autoritarios o populistas. Cuando esta técnica ancestral se pone en marcha diversos organismos comienzan a soltar un gas prácticamente imperceptible que va propagando el terror poco a poco y que una vez que te agarra ya no te suelta. El origen de este terror no se encuentra habitualmente en un miedo objetivo sino en uno infundado, magnificado o distorsionado. Surgen de un mito, o una fábula, y auguran una amenaza de gran calibre, casi cercana al apocalipsis, que únicamente podremos superar adhiriéndonos a sus filas y destruyendo todo aquello que se resista a combatir a nuestro lado.


La cultura del miedo se combate con educación, información y sociedades críticas capaces de formular sus propios planteamientos. Por eso no debe extrañarnos que determinados grupos políticos eliminen ciertas asignaturas de los planes de educación, que desacrediten o incluso destruyan a los medios de comunicación objetivos y que declaren enemigos a todos aquellos que se atrevan a pensar por sí mismos.









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