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¿Qué es bello?: La evolución del canon

Por: Helena Alarcón Tato


El canon de belleza está formado por una suma de características consideradas bonitas o atractivas para el conjunto de la sociedad. Los gustos de las personas varían según muchos condicionantes externos, orígenes, edad, educación…; e internos, la genética. Sin embargo, si se preguntara al lector o lectora su opinión sobre la belleza de las mujeres de las imágenes 1 y 2 probablemente llegaríamos a una conclusión. La belleza, aunque a nivel individual pueda variar, en el ámbito social tiene una serie de rasgos claramente distinguibles. En la imagen 1 se observa en una pasarela a Tess Holliday, modelo que, tal y como es el canon de belleza actual, es considerada diferente, sobre todo si se la compara con la actriz Megan Fox (segunda imagen), que llegó a ser nombrada la “mujer más sexy del mundo”.



Lo curioso es que el canon de belleza no es objetivo y ha ido variando a lo largo de la Historia de la humanidad. Más aún, cambia según la sociedad, por lo que no ha sido nunca el mismo en todo el planeta a la vez. En el mundo en que vivimos, globalizado, interconectado y donde occidente ha logrado imponer su ideología y valores, se tiende a pensar que es lógico que una persona guapa sea considerada así en todo el mundo. No obstante, esto no ha sido así hasta hace menos de un siglo.


A lo largo de la Historia, cada sociedad, que era normalmente reducida a incluso aldeas o regiones, tenía sus propias bases para considerar qué era la belleza. Actualmente, el capitalismo ha conseguido, a través de la publicidad, el cine y demás medios de masas, imponer un canon caucásico y con una serie de características para encasillar quiénes son o no bellas. Antes de llegar a ese punto, que no empieza a germinar hasta el siglo XX, es importante hacer un recorrido histórico de lo que se ha considerado bello. Debido al carácter de este artículo, que es una aproximación al tema, se hará un repaso de los valores genéricos que fueron impuestos en la Historia de occidente. Obviamente es un ámbito reducido, pues volvemos al punto eurocéntrico que se critica desde un principio, pero sería necesario un estudio mucho más pormenorizado para abarcar la amplitud del argumento.


Sí es cierto que hay otra matización, el artículo se centra en la belleza del género femenino o, mejor dicho, los valores que se han intentado asignar a este desde hace siglos. Los hombres desde hace décadas, que en la Historia no es mucho, han comenzado a sufrir esta presión por ajustarse al canon de belleza, pero realmente es algo que ha coaccionado la vida de las mujeres durante muchísimo más tiempo y de una manera determinante. En palabras del profesor Ramón Pérez Parejo, “los cánones de belleza han sido casi siempre impuestos por los hombres, que han exhibido a las mujeres como trofeos” . Aun así, habrá alguna aclaración al final sobre este reciente cambio y por qué puede estar produciéndose.


El canon hasta la Edad Media


Representaciones artísticas de la humanidad existen desde que el ser humano es ser humano. Muchos estudiosos han considerado que se puede intuir cuál era el canon de belleza femenino por cómo fue variando la imagen de la mujer en el arte y las referencias literarias. A pesar de ello, no son testimonios claros sobre lo que se esperaba ver en la realidad, no al menos como lo entendemos ahora al ver una revista de moda. Actualmente la industria de la estética en general intenta marcar un canon para que el resto de las personas lo perpetúen, pero en la antigüedad no hay referencias de que así fuera. Hoy día, continuando la tradición que supuestamente proviene de la Grecia Clásica (que pronto se abordará), la belleza se relaciona con la armonía y con la simetría.


No obstante, estos valores también son susceptibles de cambiar. Las primeras representaciones de mujeres que han llegado a nosotros son sin rostro y poniendo el foco en los atributos que le permitían ser fértil. El típico ejemplo es la Venus de Willendorf, datada en torno al 25.000 a.C., y que se encontró en 1908 en Austria. Esta estatuilla representa a una mujer que no tiene cara, está desnuda y gorda, destacando sobre todo el gran volumen de sus pechos. No es la única figura así de la época, pues con ellas intentaban atraer la fertilidad. Esta estaba completamente ligada con poseer un peso considerable para ser capaz de concebir descendencia y luego amamantarla.



Lo cierto es que conforme las civilizaciones se volvieron más complejas, el canon en el arte fue también desarrollándose. Gracias a las imágenes que nos legó el Antiguo Egipto se puede llegar a un posible ejemplo de cuerpo femenino que se veneraba. En torno al 3.500 a.C., hubo una “explosión de estética corporal”1 que dejó un canon de belleza femenino bastante uniforme: mujeres delgadas, con largas melenas y ojos delineados. Ejemplo de lo que se consideraba belleza en la época puede ser la representación de Nefertiti, reina y esposa del faraón Akenatón, pues su nombre significa “belleza de Atón, la bella ha llegado”. Aun así, típicamente a quienes se les ha otorgado la “obsesión” por la belleza es a los antiguos griegos. En lo que respecta al arte, destacando la escultura, así era. Las actuales concepciones de armonía y “perfección” en los cuerpos humanos provienen de entonces.


La Grecia Antigua desarrolló distintos cánones, pero los dos que se impusieron a lo largo de los años fueron propuestos por dos escultores, Policleto y Lísipo. No obstante, las construcciones del cuerpo perfecto estaban “relacionadas con lo intelectual, […] una combinación de observaciones orgánicas y mecánicas del cuerpo”. Es decir, los griegos estudiaban la anatomía del cuerpo e intentaban encontrar el ejemplo de perfección, donde la representación hecha, en escultura o pintura, poseyera la mejor de las combinaciones, aunque eso no fuera lo habitual en la vida real. La idea de que estas medidas se intentasen repetir en la cotidianeidad está cada vez más rechazada. David Konstan, clasicista y académico estadounidense experto en el estudio de la belleza en el mundo antiguo, así lo sostiene, exponiendo que la idea que occidente tiene hoy día de la belleza en el mundo terrenal basado en el arte proviene de la época del Renacimiento, donde se ensalzó y endiosó el arte clásico. Al igual que lo hacen Nicolás Heredia, cirujano plástico, y Gladys Espejo, antropóloga y artista, que defienden que esa concepción actual de que el arte griego representaba “la belleza única, verdadera y fiel a la naturaleza” es una herencia del Renacimiento.


Por tanto, no se sabe a ciencia cierta si lo que se representaba en las esculturas era lo que se buscaba en una mujer o si se tenía claro que eso era algo idealizado. Sea como fuere, las esculturas tenían una serie de cualidades comunes: cierta voluminosidad, los cuerpos masculinos estaban muy musculados y los femeninos poseían curvas, no estaban extremadamente delgadas. Los rostros eran bastante aniñados o angelicales y la proporción de los cuerpos varió a lo largo del tiempo. En los primeros siglos se aspiró a la proporción del cuerpo de siete cabezas, el que inició esto fue el escultor griego Policleto el Viejo. Vivió en el siglo V a.C. y escribió un tratado, el Canon, que recogía una serie de principios artísticos. Asimismo, en este siglo fue cuando comenzaron a representarse desnudos femeninos con mayor asiduidad, pues hasta el momento eran frecuentes los masculinos, pero los cuerpos de mujeres se tendían a esculpir o pintar con ropa. Más adelante, Lísipo impuso la proporción corpórea de siete cabezas y media.


El Imperio Romano mantuvo la cultura de la Antigua Grecia en su gran mayoría, sobre todo en lo que se refiere al arte. Las mujeres ricas debían ir muy adornadas, con collares, maquillaje y ropajes vistosos. Más adelante, tras la llegada del cristianismo las ideas empezaron a cambiar. La extensión de esta religión por Europa era cada vez más evidente, hasta tal punto que el propio emperador Constantino I se bautizó en el siglo IV d.C. Más aún, este emperador aprobó el Edicto de Milán en el 313 d.C. con el cual permitió la libertad de culto. No mucho después, con el emperador Teodosio, la política imperial fue más allá. En el 392, con el Edicto de Constantinopla, se prohibió todo culto pagano que no fuera cristiano dentro de las fronteras del imperio. Todo esto, como es lógico, impuso una nueva cultura y nuevas formas de entender la belleza y cómo debían ser las mujeres.


Del medievo al siglo XX


Durante los primeros siglos de la Edad Media en Europa, donde como se ha visto el cristianismo se impuso, el culto al cuerpo se abandonó. El desprecio al cuerpo y el sufrimiento físico era visto como una forma de estar más cerca de Cristo y, por tanto, de Dios. Hasta finales del medievo, que con el Renacimiento volvió a llevar a la palestra el culto al ser humano, las personas buscaban ocultar cualquier signo de opulencia y de belleza. Las mujeres, en concreto, tenían como modelo a la “más perfecta: la Virgen”. Esta era representada siempre vestida de manera sencilla, sin adornos ni complementos. Físicamente se la representaba con claros rasgos caucásicos: “cabellos largos y rubios, ojos y nariz pequeña”. Además, al contrario que hasta previo a la Edad Media, el cuerpo había cambiado ligeramente, debido a la influencia de la Iglesia y a su afán por esconder ciertos atributos femeninos, la mujer pasó a representarse con “pechos pequeños y caderas estrechas”.


A partir del siglo XV, con la llegada del Renacimiento en Italia y luego su propagación por el continente, volvieron a cambiar los estándares de belleza y los conceptos sobre cómo debía comportarse el ser humano. El Renacimiento destacó por su marcado antropocentrismo, el cual provocó que se dejase de lado la idea de que el cuerpo debía ser flagelado y mutilado. Como bien explica la antropóloga Gladys Espejo, la idea que se impuso fue: “el cuerpo es perfecto porque es hecho en semejanza al de Dios; funciona como un recordatorio de una imagen divina”. Por tanto, volvía a permitirse el autocuidado corporal y el presumir de él. Las personas que poseían riquezas lo mostraban a través de abalorios, complementos, ropajes caros y vistosos…


El sobrepeso no se rechazaba, más bien significaba opulencia y riqueza en un mundo donde era complicado conseguir alimentos suficientes. En cuanto a la mujer moderna, era considerada más bella cuanto más blanca fuera, pues tener una tez morena era provocado por trabajar bajo el sol, lo cual era sinónimo de pobreza. Debido a ello existían métodos para blanquear la piel, “zumo de fresas, frotarse el rostro con un cristal de amatista húmedo, mezcla de raíces de lila, harina de trigo”. Más adelante se extendió una forma más peligrosa, debido a la toxicidad del material, el arsénico. El uso del maquillaje se generalizó entre las mujeres que podían permitírselo. Se usaban desde materias primas naturales inocuas, como el vino, la cera de abeja o los bálsamos, a algunos que sí podían ser venenosos, provocando enfermedades e incluso la muerte de las mujeres con el uso repetido de estos. También se hizo frecuente el uso de prendas que modificaban la figura femenina, desde el corsé (en muchas películas habremos visto como alguna se desmayaba por falta de aire) a las enormes faldas ovaladas reforzadas con alambres. Hasta la época posindustrial, el canon del cuerpo femenino se mantuvo y las “medidas voluptuosas es sinónimo de salud y prosperidad”. Algo que, como ahora se verá, es contrario al canon actual.


La dictadura de la belleza


La primera mitad del siglo XX, con dos guerras mundiales y un periodo entre guerras muy duro, no dejó espacio para el desarrollo de ciertas banalidades, como es el del canon de belleza. Sin embargo, poco después hubo una completa explosión de ello. Un gran ejemplo es que el primer concurso de Miss Mundo fue fundado en Reino Unido en 1951 (curiosamente, Míster Mundo no surgió hasta la tardía fecha de 1996). Pocos años después, en 1959, la empresa estadounidense de juguetes Mattel Inc. lanzó al mercado su producto estrella: la muñeca Barbie. Esta tuvo y sigue teniendo un “impacto directo en la imagen de una mujer esbelta, donde el canon de la delgadez cada vez se hace más fuerte en las sociedades occidentales”. Aunque hay muchos más patrones, estos confirman que la “percepción corporal femenina, y por tanto su identidad, ha estado históricamente mucho más condicionada por pautas socioculturales que la de los hombres”.


Continuando con el ejemplo de la Barbie, se han hecho determinados estudios que demuestran fehacientemente que una persona real con las proporciones de esa muñeca no podría sobrevivir. Sería una mujer con 1.82 m. de altura, 49 kg de peso y unas medidas de 96 cm de busto, 45 cm de cintura y 83 cm de cadera. Esto provocaría que sus tobillos y cuello se rompiesen por el peso o que sus órganos no le cupiesen en el cuerpo. Cuando las críticas a esta muñeca empezaron a hacerse eco, por desgracia muchos años después de su comercialización, la empresa se defendió diciendo que no se había creado pensando en que fuera “real”, sino en que fuera fácil jugar con ella. Puede parecer anecdótico, incluso obvio, que la Barbie no tiene unas dimensiones posibles. Sin embargo, el impacto que esta, junto a más estímulos que ahora nombraremos, tiene en las niñas y en su imagen sobre sí mismas es medible:

“En un estudio psicológico, a las niñas de 5 a 8 años se les mostraron imágenes de una muñeca Barbie, o de una muñeca más realista de ‘talla 16’. Las que vieron las muñecas Barbie tenían menos autoestima y peor imagen corporal, y tenían un mayor deseo de ser delgadas”.


Cada vez ha aumentado más este culto a la delgadez, donde “lo delgado está asociado a buena salud y lo obeso a malos hábitos y al mismo tiempo a la no-belleza”. Para ver dicha evolución a lo largo del siglo XX podemos citar el siguiente ejemplo: “en 1920 Miss América medía 1,73 m y pesaba 63 kilos; entre 1980 y 1983, el peso medio de una concursante que midiera 1,76 era de 53 kilos”. Además, conforme la incidencia de la industria del cine, la televisión o la de la moda fueron aumentando su visibilidad e influencia, la imagen de la mujer que debe estar delgada para ser exitosa, estar sana o simplemente ser guapa y, por tanto, aceptada por la sociedad, caló más y más en el imaginario colectivo. Y no hay mejor ejemplo de ello que lo que se conoce como el “efecto Fiyi”. A las islas Fiyi no llegó la televisión hasta 1995 y poco después de esto se observaron claras influencias en la mentalidad de las nuevas generaciones. Hasta ese momento, la cultura tradicional defendía un tipo de cuerpo robusto y que en absoluto idealizaba la delgadez. No obstante, Anne Becker, profesora de Antropología de Harvard que había estudiado los hábitos alimentarios en esta isla desde 1988, se dio cuenta que solo 38 meses después de la llegada de la televisión, “un 74% de las niñas del país dijeron sentirse ‘muy corpulentas o gordas’”.


Más del 80% de esas niñas encuestadas dijeron que se habían visto influenciadas por lo que habían visto en la televisión. Y es que la industria del cine y la televisión en general hacía (y hace) dos cosas muy determinantes para llevar a esas ideas: la sobrerrepresentación de mujeres delgadas (incluso por debajo de la media de IMC del país que sea) y la burla al personaje que esté gordo. Aunque un país, como por ejemplo Estados Unidos, tenga un porcentaje altísimo de sobrepeso, en sus películas y series los actores y actrices que estén gordos son casi inexistentes, dando la falsa sensación de que lo “normal” es estar delgado o delgada, que estar gordo o gorda es “raro” y se da en pocas situaciones. A esto hay que sumarle una variante aún más cruel: la ridiculización de los personajes gordos.


Estos, que suelen ser personajes secundarios o incluso episódicos o incidentales (no tienen presencia permanente en los hechos), su personalidad es “estar gordo/a”. Sus conversaciones, formas de actuar, de pensar… casi todo lo que hacen está determinado por su peso, porque no tienen más características atribuidas. Seguro que se presenta algún ejemplo en tu mente, pero si no, aquí hay algunos: Friends y “la Mónica gorda” (se hace referencia siempre a que en su adolescencia estaba gorda, se burlan de ello constantemente y, además, en escenas retrospectivas solo se la presenta comiendo o hablando de comida); o Ryan Reynolds con unas escalofriantes prótesis poco realistas en la película “Solo amigos”. Cuando se da la sorprendente situación de que la persona protagonista sea un actor o actriz al que le sobran unos kilos, entonces la historia siempre va de lo mismo: su vida estando gordo o gorda, que siempre es distinta a la del resto de humanidad; o cómo logra adelgazar y cambiar toda su vida.


Esta situación se había ido intensificando desde los años 80 y 90 en adelante, pues cada vez se aspiraba a una figura más y más delgada. Cuando en 1962 murió Marilyn Monroe era considerada la mujer más sexy del mundo. Hoy día, muy probablemente sería una modelo curvy o de talla grande, como es clasificada, por ejemplo, Barbara Palvin por la mundialmente famosa marca de ropa interior Victoria’s Secret. Naturalmente, esto ha tenido su repercusión en las mujeres y en su forma de ver sus propios cuerpos. El psiquiatra Luis Rojas-Marcos lo tiene claro: “nunca se ha registrado un índice tan alto de mujeres que se sientan desgraciadas a causa de su físico y en especial por su exceso de peso, sea real o imaginario”. En consecuencia, esto se perpetúa generación tras generación. Un estudio determinó que “las actitudes negativas de la madre hacia su propio peso afectan a las creencias sobre el peso de sus hijos”, lo que a su vez hace que esos niños y niñas se vean, a la larga, influenciados y cambie la forma en que se ven a sí mismos.


Por si esto no fuera suficiente, a las personas en general, y a las mujeres con mayor empeño, se les ha impuesto otra característica en el canon de belleza: la eterna juventud. Obviamente esto es biológicamente imposible, pero la industria de la moda, de la publicidad, del cine… intentan vender la idea de la evitación eterna de la vejez. Puede caber el preguntarse por qué, pero el razonamiento es sencillo: da dinero. La consultora Global Industry Analysts en 2013 afirmó que anualmente la “industria antienvejecimiento mueve unas sumas de dinero cercanas a los 60.000 millones de euros” en todo el mundo. No ha sido posible encontrar cifras exactas más recientes, pero sí se sabe que es un mercado que ha aumentado considerablemente en estos últimos años y que se invierten millones en la investigación de nuevas formas de “mantenerse joven” (cremas, bótox, cirugía…). Como bien explican las profesoras M. Mar Martínez-Oña y Ana Muñoz-Muñoz, el objetivo es “estimular un deseo no satisfecho que mueva al consumo”.


El punto en cuestión es que todo lo que muestra esta industria como modelo a seguir es literalmente imposible, porque desde hace unos años, con la llegada de las desarrolladas herramientas informáticas, los cuerpos que observamos en anuncios, televisión, internet… están retocados y manipulados hasta dar un resultado que en la vida real es inverosímil. El retoque de imágenes y su uso completamente generalizado se ha convertido en el responsable de la creación de tipos de cuerpos que no podrían ser logrados por ninguna persona real. En las revistas a veces se dan mezclas de cuerpos con caras de distintas personas, caderas o muslos de mujeres reducidos considerablemente… Más aún, cuando se ven consecuencias de los pesos anormalmente bajos, por ejemplo que se marquen unas costillas, la imagen es retocada también. Así, “las mujeres se enfrentan así a las exigencias conflictivas de imitar este aspecto demacrado, pero sin mostrar nada de la demacración real”.


Las redes sociales, con sus filtros y retoques ha logrado también generalizar imágenes que son completamente falsas. Muchos adolescentes se obsesionan con cómo se presentan en sus redes, pasando horas repitiendo fotos, buscando ángulos, retocando luz y luego editando. En 2010, el canon de belleza femenino se podía resumir:

“figura esbelta, medidas 90-60-90, piel tersa y bronceada, ojos grandes, nariz pequeña, boca grande y labios gruesos, senos firmes simétricos y sólidos, viente liso, pelo largo, pineras largas y tener menos de 30 años”.


Actualmente uno de cada tres adolescentes admite que tiene miedo a engordar o estar gordo. En las mujeres los datos son más preocupantes todavía, pues “los trastornos de la conducta alimentaria los sufren en mayor medida las mujeres (90%) en comparación con los hombres (10%)”. Aunque sí hay que destacar que en los últimos años los TCA en hombres se han duplicado, debido a que la industria cada vez incide más también en la exigencia de un canon en el cuerpo masculino.


Otra gran consecuencia de la generalización de este canon irreal e impuesto por la cultura occidental es la gran discriminación que hace de las etnias y culturas existentes en todo el planeta. Si miramos la imagen de las Miss Mundo de cada país en el año 2020 observamos que prácticamente todas tienen los rasgos muy parecidos, algo que llama la atención al ser de tan distintos orígenes. En 2001, Miss Brasil se hizo hasta 24 operaciones de cirugía estética para llegar al canon de belleza femenino y caucásico.


Conclusiones


Las imágenes que bombardean a la sociedad tienen un fin, el puramente mercantil. Por eso es importante aprender a ser críticos con todas ellas. Lo cierto es que recientemente parece que hay otro cambio hacia la aceptación de los cuerpos tal y como son, con cuentas y personas famosas que abogan por mostrar sus verdaderas realidades. Incluso hay cuentas que se dedican a enseñar cómo cambian los cuerpos según todas esas variantes, con el fin de hacer ver que las redes no son la realidad.


Aun así, queda mucho camino por andar, pues mientras ese canon irreal e inalcanzable siga siendo el que determine nuestra concepción de belleza, la ciudadanía y, sobre todo, las mujeres, seguirán desarrollando problemas de autoestima y confianza que pueden desembocar en otros más graves de salud. La clave está en entender que la belleza no es una realidad objetiva e inmutable y que, igual que ha variado a lo largo de los siglos, puede volver a cambiar. Esta vez, esperemos, el cambio sea hacia no un canon, si no a la concepción de una pluralidad de belleza con un sinfín de características distintas.


Bibliografía


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Ibidem.

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