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GAZPACHOS TRISTES, FIDEOS ENAMORADOS

Actualizado: 12 dic 2020

Por: Mar Carmena // @mer.carmena


Durante los meses de la cuarentena mi madre, mi prima y yo descubrimos una técnica infalible para aliviar los efectos de lo rutinario y mecánico de los días. Cuando estábamos más saturadas veíamos películas de restaurantes, e independientemente de su dudosa calidad, nos reconciliaban con la vida. La mayoría de ellas, muy comerciales y predecibles, se caracterizan por tener narrativas innecesarias, con una construcción muy básica, casi como para niños pequeños. Los títulos suelen estar compuestos por juegos de palabras que rozan lo ridículo y relatos protagonizados por un hombre y una mujer que compiten entre ellos y finalmente, se enamoran. Otros relatos están más relacionados con viajes alrededor del mundo en los que se descubren los sabores de otras culturas y países tras años de una vida de esclavismo laboral, en los que el sándwich de cadena de metrópoli resulta paradigma del paladar. Mientras, por supuesto, cocinan. Solo faltaba.


Pero a pesar de la dudosa pertinencia de este tipo de películas y series, cabe afirmar algo que concierne a todos: de algún modo, las obras audiovisuales en las que aparece mucha comida, vuelve a vincular al espectador con el placer. Esa variedad de olores, sabores, colores y platos condimentados con hierbas y salsas generan un conjunto visual confortable, que desinhibe y abre el apetito. Precisamente, en el ensayo de Byung- Chul Han, Hiperculturalidad, hablando del fenómeno de la “comida fusión”, generado a raíz de la globalización, el autor afirma: “Al mecanismo del sentido del gusto, del deleite, pertenece la producción de diferencias. La monotonía significaría el fin del deleite” . Ver películas de restaurantes significaba entonces un atajo al placer que estábamos perdiendo, a la vuelta de los sentidos que se adormilaban. Una puerta al deleite y disfrute del cuerpo. De lo material. En una época en la que el tacto estaba prohibido, en el que la piel suponía una utopía. Esa piel que tantas veces se vincula a la comida. Las peras como senos, higos y plátanos como genitales. Como si fuera verdad que la comida da ganas de contacto humano. La explosión de colores y sabores que se van dando la mano y hacen más intenso ese tutti frutti sensorial. Como si los alimentos fueran la materialización de muchos de los deseos que nos gobiernan y materializase la alegría más básica de vivir. No es esa altura del desarrollo del intelecto, ni del placer de la lectura o el arte, al que equivaldría otro tipo de películas, sino que estas otras, llevan a lo primitivo, a la lengua que todos entienden.


Los Abrazos rotos (Almodóvar, 2001)

Por eso, en el cine la comida se ha utilizado de forma muy variada y diferenciada, así como los alimentos que se muestran, pero cabe destacar como en muchas ocasiones se relaciona precisamente a las emociones humanas: En Los Abrazos rotos (Almodóvar, 2001), mientras Penélope Cruz corta los ingredientes para el gazpacho, llora. Cuesta asociar un alimento tan vital, rojo, sabroso y saludable con el pesar y la nostalgia. Se formula así un contrapunto, una ironía estética que se queda grabada con esa figura protagonizada por una lágrima resbalando sobre ese hermoso y rotundo tomate.


Según Luis Racionero en Filosofías del Underground, “Blake dijo que nuestros sentidos se han cerrado de tal modo que estamos viviendo en mundos no realizados” (Racionero, p.25) En relación a esta carencia figurada de lo sensorial, en el cine también se encuentra algún caso literal, como en Perfect Sense (Mackenzie, 2011). Otra película de restaurantes, pero con un giro argumental. Se plantea una narrativa contraria a todo lo mencionado anteriormente en las películas de esta temática: una pandemia azota a la población y le arrebata los sentidos poco a poco. Como en el inicio de Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago, dicho robo puede ocurrir en cualquier momento: en un semáforo, paseando por la calle, en el supermercado, haciendo el amor. En todo lugar y circunstancia, de forma súbita.


Perfect Sense (Mackenzie, 2011)

Lo curioso de la película es que precisamente antes de esta oleada, que se manifiesta como una especie de terremoto sensorial, se sufre una catarsis colectiva, aprovechando al máximo el sentido que se les va a arrebatar. En el caso del gusto, tema que se trata en estas páginas, una sed y hambre voraz les domina y atrapa, haciendo entrar a las víctimas en un trance báquico, provocando la ingesta de cualquier cosa que pase por delante: jabón, detergente, grasa. Una escena que recuerda a los padres de Chihiro (El Viaje de Chihiro, Hayao Miyazaki, 2001) antes de convertirse en cerdos. Ese exceso que lejos del deleite, repulsa. Que vuelve a vincularse con las emociones humanas: una fuerte ansiedad y angustia.


Cuando los protagonistas se enamoran, encuentran una razón para agarrarse al poco placer que les queda en la vida y deciden probar nuevas vías sensoriales y fuentes de gozo. Y entonces las pastillas de jabón pasan a ser un manjar y sin importar la indigestión las papilas gustativas no protestan. Se redescubre el placer agudizando los sentidos que les van quedando. Paliando el vacío que dejan los que se emancipan de sus regazos porque en esos cuerpos ya no tienen cabida ni lugar. Y el jabón es el paraíso por el simple hecho de estar amando.


El último sentido que se les arrebata es el que casa tan bien con la comida: el tacto. Se entiende que es entonces cuando termina la vida. Cuando la pantalla queda en negro dando a comprender que entonces el ser ya no es ser. Sin las caricias, sin la piel. La piel es ese reino en el que se guarda todo lo que el ser humano es y todo lo que lo compone. Su pérdida supone un destino apocalíptico. Ya no solo con los otros, sino con uno: se pierde el equilibrio, la percepción de los objetos, del césped, del mar, del aire, del suelo, de las paredes. Como pollos sin cabeza que han cedido a la nada que se plantea inimaginable.


Por eso, es necesario reivindicar el placer por el placer, aunque a veces no tenga un sentido elevado, ni mayor, ni decisivo. Aunque no sea esencial ni productivo. Los seres conscientes que habitan esta Tierra son insaciables de placer y está bien así. Porque es una de las armas que poseen para compensar todo el dolor que traspasa cada día a esas pobres fieras.


Porque toda la variedad de comidas y alimentos que aparecen en las películas abren el apetito de lo demás. Son una puerta de exploración sensual, como en In the Mood for Love (Wong Kar- wai, 2001), que por supuesto no es una película de restaurantes, y cuya belleza y melancolía resulta abrumadora. Los protagonistas, enamorados y frustrados por la incapacidad de amarse, comen por no comerse. Se deleitan juntos, aunque no mutuamente, ya que los alimentos son en realidad un canal de pasión en cubierta. Es la forma socialmente aceptada, en su caso, de compartir el placer y vincularse. Y así, detrás de la naturaleza muerta, hay gazpachos que lloran y fideos que se enamoran.


In the Mood for Love (Wong Kar- wai, 2001)

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