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EPIFANÍA SUBACUÁTICA

Actualizado: 12 dic 2020

Por: Mar Carmena // @marscarmena


Las epifanías no se buscan. Pinzan de pronto nervios hasta el momento anónimos y desvelan algo que se llevaba tiempo tratando de verbalizar o de materializar. Antes de ese destello no se encontraban para ello letras ni palabras, ni tampoco de herramientas que ayudaran a construir imágenes para entenderlo. Las manifestaciones artísticas resultan ser, en muchas ocasiones, epifanías que hacen entender lo que está atascado entre las cuerdas vocales, atrapado como una mosca en una tela de araña. Eso que se tiene muy profundo y que genera una tristeza que va astillando por dentro, hasta que hace callo y se aprende a vivir con ella. Es probable que cada uno tenga un enjambre de emociones que son una losa atada al pie, y que ha de arrastrar incluso cuando no se sabe qué es.


Para que la tristeza llegue, en primer lugar, es necesario un espacio o entorno que facilite la introspección. Que todas esas incógnitas y nudos empiecen a hilarse y deshilacharse atravesando el cuerpo. Santiago Rusiñol, poeta, dramaturgo y pintor catalán, utilizaba los jardines como la expresión de las emociones humanas, haciendo especial hincapié en la soledad, la tristeza y la melancolía que derivan de los jardines abandonados, de esos espacios que fueron y ya no son. Que pasan a ser fósiles de una realidad anterior. A modo de ruinas, los jardines repletos de humedad y musgo son un entorno dócil para que el artista pueda sacar toda esa tristeza.


Arriba: Stalker / Abajo: El Viaje de Chihiro

Los espacios que conectan con la tristeza y la melancolía suelen relacionarse con los entornos acuáticos. Ya sea de agua estancada o subterránea, como ocurre en Stalker (Tarkovsky, 1979), como en forma del emotivo río infinito sobre el que circula el tren en El Viaje de Chihiro, (Miyazaki, 2001), como en todas aquellas ocasiones en las que encontrarse bajo el agua supone una sensación de sordera subacuática que permite entrar en contacto con todo lo que habita en el interior incluyendo, claro, lo que se está ahogando. Esta epifanía es posible percibirla en la obra de Bill Viola, en la cual, el elemento está continuamente presente y los sujetos interactúan con él: lluvia que descarga sobre los cuerpos, piscinas descuidadas, sumergimientos en perfectos azules, burbujas, ascensos y descendimientos en este medio que, para el autor, ha sido tan traumático como revelador en su vida y en su obra. La noción del espacio y del paso de los minutos comienza a ser difusa y permite escuchar a este sentimiento azul que parece descargarse en el agua. Como si ella tuviera la capacidad de sostener el peso del mundo.


El espacio y el tiempo, precisamente las premisas que configuran las principales epifanías de la tristeza de mi vida: la primera revelación ocurrió cuando, en primero de carrera, en literatura, estudiamos las teorías de los antiguos griegos sobre los humores temporales, que relacionaban las edades del hombre con los momentos del día, las estaciones del año, el tipo de carácter y el fluido corporal. Esta denostaba una profunda nostalgia con respecto al paso del tiempo. La segunda, ocurrió al escuchar las reflexiones de las películas de Chris Marker, Sans Soleil (1983) y La Jeteé (1962). En el primer caso, por las referencias a esos “momentos suspendidos en el tiempo”, a la fragilidad de estos instantes y la consecuente vulnerabilidad del ser, que está supeditado al mismo. Al recuerdo y la memoria de las imágenes que forman parte de nosotros. Por otra parte, en la segunda película, la preciosa materialización de fotografías de épocas que se entremezclan y se pierden, que luchan por unificarse y ser coetáneas, para concluir en la sentencia de la imposibilidad de huir del tiempo.



Ambas son la realidad difuminada. La verbalización del sentimiento de pérdida, nostalgia y tristeza por todo lo vivido que se escapa de las manos y a lo que ya no se puede regresar. La impotencia generada por la imposibilidad de guardar esos instantes como se merecen. De la forma que cobrarían meses o años después de que acontezcan. Y los segundos que, como la primavera, avanzan y se van recolectando experiencias y nuevos momentos que pasan a ser recuerdos, a pesar de no ser conscientes de en qué momento empieza a considerarse como tal. Y cada vez más canas, más momentos de gozo inmenso acumulados en el pecho que, a pesar de ser precisamente los constructores de la felicidad, son también los que más tristeza provocan.


Por eso, tras todos esos lugares, es posible que haya un poco de La Jeteé y de Sans Soleil. De esa profunda nostalgia por el tacto y todo lo sensual de lo vivido. De lo etéreo de las atmósferas que flotan en un espacio sin rumbo. De la incapacidad de salir de un ciclo vital que presagia el destino del ser desde que viene al mundo sin él haberlo pedido. Y habrá escenas de la infancia, de cazar bichejos por el campo, de jugar con los primos y con los padres, de los veranos infinitos, de libros con los que fuiste feliz y cuyas páginas amabas oler, los recuerdos de la adolescencia, las primeras veces, los amores, las etapas gloriosas como imperios personales, los conciertos, las recompensas, las metas alcanzadas, las noches eternas, la risa de quienes amas, los espacios que son lugares pero también etapas, personas, días. Todo por lo que merece la pena vivir y que, sin embargo, cuando se apaga la luz y se encienden las estrellas, cuando comienza la reflexión subacuática, amenazan con desaparecer.


Como Salvador Mallo recordando en Dolor y Gloria todo el éxito que acompañó en años de éxito. Como en las obras de Bill Viola en la que los sujetos entran en comunión con un azul que es más poderoso que ellos. Que les brinda y arrebata la vida. Ese mar que fluye sin un fin premeditado, transportando conchas y caracolas de unas a otras orillas.



“I´m leaving you with a rather melancholy picture,

but in the depths of my heart, I´m happy”.









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