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Cuando los monstruos nacen dentro

Por: H.A.T


El primer recuerdo que tengo de odiar mi cuerpo es con 10 años. Yo ya no era como el resto de las chicas de mi clase. Era mucho más alta. Tenía pecho. Me había bajado la regla. Me sobraban kilos. La comparación con cualquiera de ellas era insoportable. Y creedme que tendía a hacerlo muy a menudo. Y eso no surgía solo si veía nuestro reflejo en un espejo o una ventana, también en situaciones cotidianas de todo tipo. Cuando me abrazaban, por ejemplo. También pasaba en las clases de gimnasia, si teníamos que hacer algún ejercicio donde tuvieran que levantarme en peso o algo similar, me negaba. Tan rotundamente, con tanto miedo en los ojos, que nadie era capaz de pedirme que lo hiciera. Reconozco que esto llegó a pasarme hasta hace poco, cuando tenía ya 18 años, pero con el mismo miedo en la mirada.


¿Cómo alguien iba a soportar las toneladas que yo pesaba?


Con 11 años me llamaron por primera vez “gorda” para ridiculizarme delante de toda la clase. Logré salir airosa de esa situación, pero aún ahora, muchos años después, sigue doliendo. Solo un año después fue la primera vez que lloré al ponerme un bikini. Estaba en las escaleras que bajaban a la playa, viendo a lo lejos a mis amigos, fingí que no los veía y pedí a mi madre que me llevase a casa de nuevo.


¿Cómo iba a mostrar mi cuerpo ante ellos? ¿Cómo iba a estar en bikini al lado

de mis amigas que, para mí sin duda, eran mejores que yo?


Meses antes, con doce años debo recordar, todos mis “amigos” del equipo de baloncesto masculino se habían reído de mí con otro equipo, a voces y desde un segundo piso hacia la calle. Nadie jamás me defendió. Ni si quiera yo misma. Todos hicimos como si no hubiera pasado, pero la herida que dejó en mí es indescriptible.

Poco después comencé mi segunda dieta estricta para bajar de peso, porque la primera había sido con nueve años, nueve. Ni qué decir tiene que perdí peso y en cuanto la dejé volví a recuperarlo y con intereses. Durante esos meses en que perdí peso los comentarios ensalzando mi figura, mi “mejora”, mi “esfuerzo” fueron incontables. Sin embargo, yo despreciaba mi cuerpo, mi imagen frente al espejo, a mí misma por ser así. Porque, y esto es importante, para mí yo no estaba gorda, sino que lo era, y eso me definía en todo lo que hacía o decía.


Tengo muchas lagunas de la época que va de los 14 a los 18, pero es constante la sensación de sentirme mal, de odiarme, de decirme a mí misma mil y una veces: ¿por qué eres así? Cuando yo solo era una chica que, a pesar de lo que muchos pensasen, no tenía un problema con el peso, sino con mil cosas que me rodeaban. Recuerdo haber hecho tonterías, tales como hacer “promesas” con amigos de que estaría meses sin comer un solo dulce, o medirme zonas del cuerpo a diario para ver si disminuía el volumen en un margen biológicamente imposible.


Curiosamente no recuerdo la primera vez que intenté vomitar. Sé que tenía menos de 18 años, pero no mucho más. Lo que sí tengo en mi mente es lo que sentí, todo lo que me dije a mi misma. Ahora sé que tuve suerte, no logré vomitar y, aunque lo intentara más veces (siempre con el mismo resultado), eso impidió que pasara a un diagnóstico de bulimia, que es más grave que el trastorno por atracón. Sin embargo, ese día, tras intentar vomitar fuera como fuese frente al váter, sintiéndome fatal después de un atracón, yo solo logré decirme a mí misma cuando no conseguí hacerlo: ni para esto sirvo, no sirvo ni para vomitar.


Todo lo que ahora cuento lo llevé siempre en silencio, era completamente incapaz de expresar nada de lo que sentía, sobre todo porque a veces ni si quiera lo entendía. Aunque el gran impedimento era la vergüenza. Eso me comía por dentro. El reconocimiento de estar preocupada o mal por algo relacionado con mi peso era, de facto, reconocer mi peso. Y no es que yo me lo negara a mí misma, recordemos que era algo que me echaba en cara día sí, día también nada más levantarme y mirarme al espejo. Lo que no era capaz era de ver en la mirada de alguien la afirmación a mi mayor miedo: estaba gorda. Además, mi familia había logrado, ahora sé que no con mala intención, que esa vergüenza y ese terror fueran inherentes a mí.


La cantidad de veces que he llorado por verme gorda en el espejo, porque no podía ponerme ninguna prenda de una tienda, porque los chicos no se fijaban en mí, porque había comido mucho o poco o nada o todo… Durante casi toda mi vida siempre achaqué mis problemas al peso. “Cuando esté delgada” haré esto, me compraré lo otro, comenzaré tal… me decía. Mi vida comenzaría cuando estuviera en el peso ideal.

Lo más gracioso es que durante un breve espacio de tiempo lo estuve, y ¿sabéis qué? Seguía triste, avergonzada, sintiendo culpa y odiándome a mí misma. Previamente a irme a la universidad hice una dieta que jamás recomendaría ni a mi peor enemigo. Sustituir las proteínas naturales por artificiales (sí, esas de batidos milagrosas) y eliminar absolutamente toda grasa o hidrato de mi alimentación. Perdí 20 kilos en cinco meses. ¿Sabéis otra cosa curiosa? Nadie se planteó que eso no podía ser muy sano. La gente me veía y me decía “¡qué bien te veo!”, “¡qué bien te has quedado!”, “¡qué guapa estás!” y un largo etcétera de halagos y felicitaciones. Yo, que había perdido 4 kilos al mes de media sin hacer si quiera deporte, estaba “genial”. En realidad, yo no comía, porque los sustitutivos proteicos me daban arcadas solo con olerlos, así que decidí que no pasaba nada por no tomarlos. Me alimentaba a base de pimiento, berenjena, calabacín y, a veces, tomate. Siempre cocinados al horno y sin aceite. Tenía una lista enorme de alimentos prohibidos y no podía saltármelo ni una vez.


No creo que haga falta decir que en cuanto dejé esa “dieta” los kilos que había perdido volvieron y, de nuevo, con intereses. Sin embargo, el verdadero daño había sido psicológico, y tardaría mucho en darme cuenta. Los problemas evidentes no tardaron en aparecer, concretamente cuando me independicé. El vivir sola en una habitación de residencia permitió algo que nunca había tenido: la oportunidad de darme atracones sin esconderme. No sé si los que me leéis entendéis lo que conlleva un atracón. Lo resumiré brevemente: cuando la ansiedad o la tristeza o el sentimiento más difícil de gestionar me atormentaba (incluso hoy día, aunque sea cada vez menos), mi cabeza solo quería parar. Literalmente necesitaba conseguir un momento de mente en blanco, y eso solo lo conseguía con comida. Mientras comía esos alimentos que durante el resto de los días me tenía prohibidos, mi mente estaba en “paz”. Una paz que literalmente duraba lo que tardaba en masticar el alimento en cuestión. Porque antes de haber digerido lo que fuera que hubiera comido, en grandes cantidades, a gran velocidad y siempre a solas, la vergüenza, la culpa y el desprecio a mi propia persona me atrapaban. En cierta medida, el problema que hasta ese momento me atormentaba quedaba en segundo plano, porque entonces mi cabeza solo podía pensar “otra vez igual”, “soy horrible”, “no tengo fuerza de voluntad”, “merezco todo lo malo que me pasa” y un larguísimo etcétera.


A veces, seguido a esos atracones me inundaban propósitos, “iré al gimnasio todos los días”, “no voy a comer más dulce”, “no voy a hacer esto nunca más”. Y yo me lo creía, pero cuando te pones metas que no puedes o, mejor dicho, que no debes cumplir, no lo logras, y vuelve la culpa. La culpa atrae al atracón y el círculo infinito continúa. Mientras tanto, tu entorno, probablemente ajeno a lo que pasa dentro de tu habitación y, sobre todo, dentro de tu mente, se centra en tu aumento de peso. Probablemente con las mejores de las intenciones, y si no, lo cierto es que a estas alturas ya me da igual.


Durante casi toda mi vida me he sentido la gran culpable de todo lo que me iba mal. No era suficiente y merecía todo lo malo que me pasaba. Y ese desprecio, ese odio que me tenía lo pagaba con mi cuerpo. Me ha costado más de tres años de terapia entenderlo. Tengo la suerte de que un día sentí que no podía más y di el paso de entrar en un centro donde me ayudarían como nunca, jamás, podría haberme imaginado. Lo cierto es que aún hoy, que soy capaz de escribir esto, de compartir lo que he sentido, sufrido y cargado durante años en completo silencio, muchos de estos monstruos me acechan. Todavía hay veces que me digo a mí misma “cuando adelgace…”, pero lo cierto es que ya soy capaz de frenar esas ideas.

Tu valor, tus capacidades, tu vida no puede depender de los kilos que peses, de lo que comas, del ejercicio que practiques… Todos y todas somos un cúmulo de circunstancias, de vivencias, y ojalá fuera más fácil darse cuenta de que lo más importante en esta vida es aceptarlas. No le deseo a nadie lo que yo he vivido porque el odio hacia una misma es lo peor que pueda pasarte, es un monstruo oscuro que nubla todo lo que te ocurre o haces. Tus logros no son tuyos, son golpes de suerte; pero tus fracasos, esos sí son tuyos, y te los mereces. Te persiguen y atormentan cuando menos los esperas.


Lo cierto es que no sabía cómo acabar, porque podría escribir días sobre algo que me ha perseguido tanto tiempo, pero sí hay algo que quiero dejar claro. Hay salida. Si, por desgracia, al leer esto te sientes identificada o identificado, si algo te duele y sientes que será imposible salir de ahí, créeme, podrás. A decir verdad, la terapia será tu mejor aliada si consigues (y puedes) dar ese paso, y ojalá así sea, porque será el primero que puedas dar hacia la vida que mereces, que todos merecemos. Una donde te quieras y aceptes tal y como eres, peses lo que peses, tengas el aspecto que tengas, seas como seas por fuera.


Ojalá yo hubiera leído algo así hace muchos años, cuando los monstruos me atormentaban día sí, día también y nadie entendía qué podía estar pasándome. Aun así, nunca es tarde, y espero que si has llegado hasta aquí algo de lo que he contado te ayude: a aceptarte o quererte más, si es lo que necesitas; o a cuidar bien a las personas de tu alrededor, si estabas, aunque no lo supieras, en la otra línea.


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